miércoles, 25 de febrero de 2015
martes, 24 de febrero de 2015
TRES TEXTOS PARA COMENTAR
Aquí os dejo dos poemas y un texto periodístico para que me hagáis resumen, tema y estructura. Del que elijáis de los tres, trabajáis el comentario crítico.
Tan
Tan inermes, tan frágiles. Basta con un simple estornudo de la Naturaleza para que se nos baje la cresta a los humanos y perdamos de golpe nuestras pretensiones de reyes del mundo. La catástrofe de Nueva Orleans nos ha dejado atónitos. Estamos acostumbrados a las calamidades de los países pobres: con qué impavidez leemos, en estos mismos días, que los tifones orientales han causado infinidad de muertos. Pero Nueva Orleans somos nosotros, es nuestra realidad, el Primer Mundo (qué ridícula arrogancia denota ya esta denominación), y resulta que nuestras rutilantes sociedades, supuestamente tan seguras, también se deshacen al primer soplido como un castillo de naipes.
Tan primitivos, tan inútiles. Escalofría comprobar cómo el país más poderoso del planeta fracasa clamorosamente a la hora de controlar la crisis. Peor que el huracán es el colapso de las estructuras, la falta de socorro, la imbécil ineficacia del sistema. He aquí la verdadera pesadilla: Nueva Orleans demuestra que el marco convencional de nuestras vidas, todo aquello que damos por sentado y por seguro, no es más que un espejismo tembloroso. Que la realidad es una fina, inestable capa gelatinosa bajo la que bulle y se revuelve el caos. Y que en un abrir y cerrar de ojos pueden colapsarse siglos de desarrollo cultural, de construcción social, de educación civil. Emergen la brutalidad primordial, el ciego y fiero imperio del más fuerte, el instinto animal de la depredación. Violencia, violaciones, asesinatos. El ser humano en lo peor que es.
Pero también: tan resistentes, tan tenaces. Aunque el Katrina va a dejar una estela de cadáveres y una legión de víctimas traumatizadas por el horror vivido, lo increíble es saber (siempre ha sido así en las catástrofes) que la mayoría conseguirá superar este espanto. Con el tiempo, llorarán a sus muertos, asumirán sus duelos, limpiarán y reconstruirán día tras día, con tesón de hormigas, la ciudad devastada, todo ese destrozo que hoy parece irrecuperable. Dentro de poco volverá a estar en pie Nueva Orleans, e incluso harán películas sobre el tema. Dentro de poco se habrá vuelto a remendar el vaporoso espejismo de la realidad. Tan empeñados en sobrevivir, tan capaces de resurgir de las cenizas.
Rosa Montero. El país
jueves, 18 de septiembre de 2014
Crónica de una muerte anunciada
CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA.
TEXTO 1
EL DÍA QUE lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a
las 5.30 de la mañana
para esperar el buque en que llegaba
el obispo. Había soñado que atravesaba
un bosque de higuerones donde caía una
llovizna tierna, y por un instante fue
feliz en el sueño, pero al despertar
se sintió por completo salpicado de cagada
de pájaros. «Siempre soñaba con
árboles», me dijo Plácida Linero, su madre,
evocando 27 años después los
pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana
anterior había soñado que iba solo en
un avión de papel de estaño que volaba
sin tropezar por entre los almendros»,
me dijo. Tenía una reputación muy bien
ganada de intérprete certera de los
sueños ajenos, siempre que se los contaran
en ayunas, pero no había advertido
ningún augurio aciago en esos dos sueños
de su hijo, ni en los otros sueños con
árboles que él le había contado en las
mañanas que precedieron a su muerte.
Tampoco Santiago Nasar reconoció el
presagio. Había dormido poco y
mal, sin quitarse la ropa, y despertó
con dolor de cabeza y con un sedimento de
estribo de cobre en el paladar, y los
interpretó como estragos naturales de la
parranda de bodas que se había
prolongado hasta después de la medianoche.
Más aún: las muchas personas que
encontró desde que salió de su casa a las
6.05 hasta que fue destazado como un
cerdo una hora después, lo recordaban
un poco soñoliento pero de buen humor,
y a todos les comentó de un modo
casual que era un día muy hermoso.
TEXTO 2
Bayardo San Román no entró, sino que empujó
con suavidad a su esposa hacia el interior de la casa, sin decir una palabra.
Después besó a Pura Vicario en la mejilla y le
habló con una
voz de muy hondo desaliento pero con mucha ternura.
-Gracias por todo, madre -le dijo-. Usted es
una santa.
Sólo Pura Vicario supo lo que hizo en las
dos horas siguientes, y se fue a la muerte con su secreto. «Lo único que
recuerdo es que me sostenía por el pelo con una mano y me golpeaba con la otra
con tanta rabia que pensé que me iba a matar», me contó Ángela Vicario. Pero
hasta eso lo hizo con tanto sigilo, que su marido y sus hijas mayores, dormidos
en los otros cuartos, no se enteraron de nada hasta el amanecer cuando ya
estaba consumado el desastre.
Los gemelos volvieron a la casa un poco
antes de las tres, llamados de urgencia por su madre. Encontraron á Ángela
Vicario tumbada bocabajo en un sofá del comedor y con la cara macerada a
golpes, pero había terminado de llorar. «Ya no estaba asustada –me dijo-. Al
contrario: sentía como si por fin me hubiera quitado de encima la conduerma de la
muerte, y lo único que quería era que todo terminara rápido para tirarme a
dormir.» Pedro Vicario, el más resuelto de los hermanos, la levantó en vilo por
la cintura y la sentó en la mesa del comedor.
-Anda, niña -le dijo temblando de rabia-:
dinos quién fue.
Ella se demoró apenas el tiempo necesario
para decir el nombre. Lo buscó en las tinieblas, lo encontró a primera vista
entre los tantos y tantos nombres confundibles de
este mundo y del
otro, y lo dejó clavado en la pared con su dardo certero, como a una
mariposa sin
albedrío cuya sentencia estaba escrita desde siempre.
-Santiago Nasar -dijo.
martes, 29 de abril de 2014
El amor en los tiempos del cólera
En esta casa no entrará nada que no hable–dijo.
Lo dijo para poner término a las argucias de su mujer, empecinada otra vez en comprar un perro, y sin imaginar siquiera que aquella generalización apresurada había de costarle la vida. Rermina Daza, cuyo carácter cerrero se había ido matizando con los años, agarró al vuelo la ligereza de lengua del marido: meses después del robo volvió a los veleros de Curazao y compró un loro real de Paramaribo que sólo sabia decir blasfemias de marineros, pero que las decía con una voz tan humana que bien valía su precio excesivo de doce centavos.
Era de los buenos, más liviano de lo que parecía, y con la cabeza amarilla y la lengua negra, único modo de distinguirlo de los loros mangleros que no aprendían a hablar ni con supositorios de trementina. El doctor Urbino, buen perdedor, se inclinó ante el ingenio de su esposa, y él mismo se sorprendió de la gracia que le hacían los progresos del loro alborotado por las sirvientas. En las tardes de lluvia, cuando se le desataba la lengua por la alegría de las plumas ensopadas, decía frases de otros tiempos que no había podido aprender en la casa, y que permitía pensar que era también más viejo de lo que parecía. La última reticencia del médico se desmoronó una noche en que los ladrones trataron de meterse otra vez por una claraboya de la azotea, y el loro los espantó con unos ladridos de mastín que no habrían sido tan verosímiles si hubieran sido reales, y gritando rateros rateros rateros, dos gracias salvadoras que no había aprendido en la casa.
Lo dijo para poner término a las argucias de su mujer, empecinada otra vez en comprar un perro, y sin imaginar siquiera que aquella generalización apresurada había de costarle la vida. Rermina Daza, cuyo carácter cerrero se había ido matizando con los años, agarró al vuelo la ligereza de lengua del marido: meses después del robo volvió a los veleros de Curazao y compró un loro real de Paramaribo que sólo sabia decir blasfemias de marineros, pero que las decía con una voz tan humana que bien valía su precio excesivo de doce centavos.
Era de los buenos, más liviano de lo que parecía, y con la cabeza amarilla y la lengua negra, único modo de distinguirlo de los loros mangleros que no aprendían a hablar ni con supositorios de trementina. El doctor Urbino, buen perdedor, se inclinó ante el ingenio de su esposa, y él mismo se sorprendió de la gracia que le hacían los progresos del loro alborotado por las sirvientas. En las tardes de lluvia, cuando se le desataba la lengua por la alegría de las plumas ensopadas, decía frases de otros tiempos que no había podido aprender en la casa, y que permitía pensar que era también más viejo de lo que parecía. La última reticencia del médico se desmoronó una noche en que los ladrones trataron de meterse otra vez por una claraboya de la azotea, y el loro los espantó con unos ladridos de mastín que no habrían sido tan verosímiles si hubieran sido reales, y gritando rateros rateros rateros, dos gracias salvadoras que no había aprendido en la casa.
(Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera)
miércoles, 12 de marzo de 2014
Cañas y tapas
Elvira Lindo
El país. 6 junio 2012
sábado, 1 de marzo de 2014
martes, 25 de febrero de 2014
Textos literarios.Narrativa
TIEMPO DE SILENCIO
Fragmento de Tiempo
de silencio (1962), de Luis Martín-Santos, en el que leemos las reflexiones de un personaje que intenta superar
el miedo que le provoca el hecho de estar en la cárcel acusado de homicidio.
Solo
aquí, qué bien, me parece que estoy encima de todo. No me puede pasar nada. Yo
soy el que paso. Vivo. Vivo. Fuera de tantas preocupaciones, fuera del dinero
que tenía que ganar, fuera de la mujer con la que me tenía que casar, fuera de
la clientela que tenía que conquistar, fuera de los amigos que me tenían que
estimar, fuera del placer que tenía que perseguir, fuera del alcohol que tenía
que beber. Si estuvieras así. Manténte ahí. Ahí tienes que estar. Tengo que
estar aquí, en esta altura, viendo cómo estoy solo, pero así, en lo alto, mejor
que antes, más tranquilo, mucho más tranquilo. No caigas. No tengo que caer.
Estoy así bien, tranquilo, no me puede pasar nada, porque lo más que me puede
para es seguir así, estando donde quiero estar, tranquilo, viendo todo,
tranquilo, estoy bien, estoy bien, estoy muy bien así, no tengo nada que
desear.
Tú no
la mataste. Estaba muerta. Yo la maté. ¿Por qué? ¿Por qué? Tú no la mataste.
Estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba
muerta. Yo no fui. No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada.
Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así
quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo,
el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de
aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú
quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser
libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que
vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque
eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede
impedir.
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