Rompecabezas

Rompecabezas
Así se forma el conjunto, uniendo, como en la música, el silencio con el sonido o, como en poesía, la ingeniería con el verso. (Despedida)

martes, 24 de febrero de 2015

TRES TEXTOS PARA COMENTAR



Aquí os dejo dos poemas y un texto periodístico para que me hagáis resumen, tema y estructura. Del que elijáis de los tres, trabajáis el comentario crítico.







Tan

Tan inermes, tan frágiles. Basta con un simple estornudo de la Naturaleza para que se nos baje la cresta a los humanos y perdamos de golpe nuestras pretensiones de reyes del mundo. La catástrofe de Nueva Orleans nos ha dejado atónitos. Estamos acostumbrados a las calamidades de los países pobres: con qué impavidez leemos, en estos mismos días, que los tifones orientales han causado infinidad de muertos. Pero Nueva Orleans somos nosotros, es nuestra realidad, el Primer Mundo (qué ridícula arrogancia denota ya esta denominación), y resulta que nuestras rutilantes sociedades, supuestamente tan seguras, también se deshacen al primer soplido como un castillo de naipes.
Tan primitivos, tan inútiles. Escalofría comprobar cómo el país más poderoso del planeta fracasa clamorosamente a la hora de controlar la crisis. Peor que el huracán es el colapso de las estructuras, la falta de socorro, la imbécil ineficacia del sistema. He aquí la verdadera pesadilla: Nueva Orleans demuestra que el marco convencional de nuestras vidas, todo aquello que damos por sentado y por seguro, no es más que un espejismo tembloroso. Que la realidad es una fina, inestable capa gelatinosa bajo la que bulle y se revuelve el caos. Y que en un abrir y cerrar de ojos pueden colapsarse siglos de desarrollo cultural, de construcción social, de educación civil. Emergen la brutalidad primordial, el ciego y fiero imperio del más fuerte, el instinto animal de la depredación. Violencia, violaciones, asesinatos. El ser humano en lo peor que es.
Pero también: tan resistentes, tan tenaces. Aunque el Katrina va a dejar una estela de cadáveres y una legión de víctimas traumatizadas por el horror vivido, lo increíble es saber (siempre ha sido así en las catástrofes) que la mayoría conseguirá superar este espanto. Con el tiempo, llorarán a sus muertos, asumirán sus duelos, limpiarán y reconstruirán día tras día, con tesón de hormigas, la ciudad devastada, todo ese destrozo que hoy parece irrecuperable. Dentro de poco volverá a estar en pie Nueva Orleans, e incluso harán películas sobre el tema. Dentro de poco se habrá vuelto a remendar el vaporoso espejismo de la realidad. Tan empeñados en sobrevivir, tan capaces de resurgir de las cenizas.

                                                                                  Rosa Montero. El país

jueves, 18 de septiembre de 2014

Crónica de una muerte anunciada



CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA.

TEXTO 1

EL DÍA QUE lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana
para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba
un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue
feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada
de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre,
evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana
anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba
sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien
ganada de intérprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran
en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños
de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las
mañanas que precedieron a su muerte.
Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio. Había dormido poco y
mal, sin quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza y con un sedimento de
estribo de cobre en el paladar, y los interpretó como estragos naturales de la
parranda de bodas que se había prolongado hasta después de la medianoche.
Más aún: las muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las
6.05 hasta que fue destazado como un cerdo una hora después, lo recordaban
un poco soñoliento pero de buen humor, y a todos les comentó de un modo
casual que era un día muy hermoso.



Gabriel García Márquez



TEXTO 2

   Bayardo San Román no entró, sino que empujó con suavidad a su esposa hacia el interior de la casa, sin decir una palabra. Después besó a Pura Vicario en la mejilla y le
habló con una voz de muy hondo desaliento pero con mucha ternura.
   -Gracias por todo, madre -le dijo-. Usted es una santa.
   Sólo Pura Vicario supo lo que hizo en las dos horas siguientes, y se fue a la muerte con su secreto. «Lo único que recuerdo es que me sostenía por el pelo con una mano y me golpeaba con la otra con tanta rabia que pensé que me iba a matar», me contó Ángela Vicario. Pero hasta eso lo hizo con tanto sigilo, que su marido y sus hijas mayores, dormidos en los otros cuartos, no se enteraron de nada hasta el amanecer cuando ya estaba consumado el desastre.
   Los gemelos volvieron a la casa un poco antes de las tres, llamados de urgencia por su madre. Encontraron á Ángela Vicario tumbada bocabajo en un sofá del comedor y con la cara macerada a golpes, pero había terminado de llorar. «Ya no estaba asustada –me dijo-. Al contrario: sentía como si por fin me hubiera quitado de encima la conduerma de la muerte, y lo único que quería era que todo terminara rápido para tirarme a dormir.» Pedro Vicario, el más resuelto de los hermanos, la levantó en vilo por la cintura y la sentó en la mesa del comedor.
   -Anda, niña -le dijo temblando de rabia-: dinos quién fue.
   Ella se demoró apenas el tiempo necesario para decir el nombre. Lo buscó en las tinieblas, lo encontró a primera vista entre los tantos y tantos nombres confundibles de
este mundo y del otro, y lo dejó clavado en la pared con su dardo certero, como a una
mariposa sin albedrío cuya sentencia estaba escrita desde siempre.

   -Santiago Nasar -dijo.

martes, 29 de abril de 2014

El amor en los tiempos del cólera






En esta casa no entrará nada que no hable–dijo.
Lo dijo para poner término a las argucias de su mujer, empecinada otra vez en comprar un perro, y sin imaginar siquiera que aquella generalización apresurada había de costarle la vida. Rermina Daza, cuyo carácter cerrero se había ido matizando con los años, agarró al vuelo la ligereza de lengua del marido: meses después del robo volvió a los veleros de Curazao y compró un loro real de Paramaribo que sólo sabia decir blasfemias de marineros, pero que las decía con una voz tan humana que bien valía su precio excesivo de doce centavos.
Era de los buenos, más liviano de lo que parecía, y con la cabeza amarilla y la lengua negra, único modo de distinguirlo de los loros mangleros que no aprendían a hablar ni con supositorios de trementina. El doctor Urbino, buen perdedor, se inclinó ante el ingenio de su esposa, y él mismo se sorprendió de la gracia que le hacían los progresos del loro alborotado por las sirvientas. En las tardes de lluvia, cuando se le desataba la lengua por la alegría de las plumas ensopadas, decía frases de otros tiempos que no había podido aprender en la casa, y que permitía pensar que era también más viejo de lo que parecía. La última reticencia del médico se desmoronó una noche en que los ladrones trataron de meterse otra vez por una claraboya de la azotea, y el loro los espantó con unos ladridos de mastín que no habrían sido tan verosímiles si hubieran sido reales, y gritando rateros rateros rateros, dos gracias salvadoras que no había aprendido en la casa.


(Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera)

miércoles, 12 de marzo de 2014


Cañas y tapas

 Cada vez que la prensa española se hace eco de lo que la internacional cuenta de nuestro país los lectores aceptamos esas piezas de información con la cabeza gacha, como los niños de antes ofrecían la nuca para recibir una colleja. Pero es de justicia dejar constancia de otras columnas en las que se reconoce algo positivo de este país diariamente cuestionado. Falta nos hace. Porque si primero fue la crisis internacional, luego la explosión de nuestra burbuja, más tarde nuestra propia crisis financiera y, en los últimos tiempos, la amenaza constante del rescate, ahora lo que padecemos, superando incluso los elevados índices de la prima de riesgo, es una especie de desánimo colectivo, una suerte de gripe suave pero constante que no nos deja postrados en la cama pero sí faltos de fuerzas para imaginar una luz al final del túnel. Así que es de agradecer que la semana pasada, en el Financial Times, el escritor Harry Eyres se marcara un artículo que bajo el título Maestros del arte de vivir daba cuenta de las bondades de nuestro país. Hacía un repaso por la historia reciente, resumía con buen tino nuestra joven singladura democrática, alababa la vitalidad callejera, y destacaba, por encima de errores y corruptelas, la hospitalidad de la gente y la facilidad con la que un extranjero puede entablar relaciones de amistad. Reivindicaba, en suma, el gusto de vivir que se impone a las estrecheces económicas. A mí no me quedó más remedio que darle la razón cuando, de vuelta en mi ciudad, me di un garbeo por Chueca y comprobé que el pueblo soberano sigue dando cuenta de cañas y tapas. Una actividad lúdica que no nos hace menos trabajadores, como podría temer el dueño de Mercadona -que parece mentira que sea tan cenizo con lo que nos gustan sus cremas y sus galletas-, sino que evita que la alegría se nos quede en números rojos.

Elvira Lindo
El país. 6 junio 2012

martes, 25 de febrero de 2014

Textos literarios.Narrativa

TIEMPO DE SILENCIO

Fragmento de Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos, en el que leemos las reflexiones de un personaje que intenta superar el miedo que le provoca el hecho de estar en la cárcel acusado de homicidio.

[20070418klplyllic_182_Ies_SCO.jpg]      Solo aquí, qué bien, me parece que estoy encima de todo. No me puede pasar nada. Yo soy el que paso. Vivo. Vivo. Fuera de tantas preocupaciones, fuera del dinero que tenía que ganar, fuera de la mujer con la que me tenía que casar, fuera de la clientela que tenía que conquistar, fuera de los amigos que me tenían que estimar, fuera del placer que tenía que perseguir, fuera del alcohol que tenía que beber. Si estuvieras así. Manténte ahí. Ahí tienes que estar. Tengo que estar aquí, en esta altura, viendo cómo estoy solo, pero así, en lo alto, mejor que antes, más tranquilo, mucho más tranquilo. No caigas. No tengo que caer. Estoy así bien, tranquilo, no me puede pasar nada, porque lo más que me puede para es seguir así, estando donde quiero estar, tranquilo, viendo todo, tranquilo, estoy bien, estoy bien, estoy muy bien así, no tengo nada que desear.
Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté. ¿Por qué? ¿Por qué? Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no fui. No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.